Un prólogo final

Las 3 Musas conforma un libro blog de relatos poéticos, poesías y microrrelatos concebidos entre 2005 y 2008. Los peregrinos de la red hallarán aquí un refugio particular, de esos que no dan tregua, así que no se confíen.
Fueron los lectores habituales –con plena autoridad– quienes realizaron el verdadero prólogo de este experimento blog en sus comentarios [dialogantes].
Por mi parte, solo resta dedicar Las 3 Musas a mis abuelas y dejarlos solos en esta casa virtual. Muy importante: no olviden dejar la puerta abierta al salir.
Quien quiera seguir mi huella me encontrará en malditas musas, una nueva etapa.

Salud.
Musa Rella

Aptitud

Foto Antonio Más Morales
El día que descubrió que su vida era la más miserable de todas, se sintió feliz: al fin destacaba en algo.
Sus enemigos lo adoraban por ser un adversario ideal, siempre abatido a priori. De repente se desayunó con incontables admiradores, medios de comunicación de prestigio que lo requerían en sus reportajes y muchachas de toda etnia cautivadas por su pena superlativa.

Nada podía entorpecer su menester, su triste récord evitaría que fuese uno cualquiera para la historia del mundo.
Y dolió como el que más, hasta que llegó –como suele ocurrir en estos casos– el amor a arruinarle el talento.

Anzuelos

Hechos.
“Las sirenas no existen”, murmuran los peces.
Ella tiene la boca llena de dientes de tiburón
y oye agazapada sin engullirlos.

Soledad.
Perpleja, ve pasar olas.
En el fondo está harta de no poder morirse.
Respira la superficie del tiempo;
inhala lento y profundo, pero no desfallece.
Ha acudido a los barcos pesqueros,
mas estos se niegan a envasarla.

Canto.
La Dulcinea del agua vegeta en su belleza inútil.
Junta coraje y muerde otra vez el anzuelo.
En la superficie del barco,
los pescadores la increpan
en un idioma extraño.

Sal.
Se sabe híbrido marino.
Hoy también regresa lacerada,
su cuerpo mancha el desierto del agua.

Retrato

Era cabeza dura. “No te subas ¡Te vas a caer!” Y se caía, nomás. “No escribas las paredes con crayón” Y aparecía un retrato familiar en la entrada de su casa materna. No lo hacía adrede, más bien era un militante involuntario de lo indebido.
Así creció, sin pedirle permiso a nadie para experimentar. Fue al colegio disfrazado de chica; entró a la piscina vestido con ropa de su padrastro; se hizo pasar por instructor de trapecio y faltó a su propia boda, alegando tener demasiados compromisos.
Sebastián era peculiar y disfrutaba con ello. Ya era adulto cuando estudiaba Licenciatura en Arte en la Universidad de Bologna. Y ahí andaba la última vez que lo vi, como crítico experto despreciando lo que otros alababan, porque decía “alguien tenía que hacerlo”.

Apología de la pérdida

Foto Herr Buchta
Dios… es la primera vez que amanezco sin la de antes ¿Dónde estaré? A ver debajo de la cama… no. En el cesto de la ropa sucia… tampoco. Ya sé, me debo haber olvidado en el horno… no hay nada. Caray.
Bueno, tranquila. Inventario de este yo nuevo: ojos uno; dos bocas; veintiún uñas; libertad; cientos de muelas; varios brazos; intuición; algunas piernas; vergüenza…
Unos mates amargos… ah, que ahora me gustan con miel. Le convido al que está al lado… pero no toma. Voy al trabajo… les explico que soy yo aunque sea otra -a ver quién lo entiende-. Vuelvo a casa… cierto, no vivo más ahí.
Camino. Los recuerdos nuevos son esqueletos quiméricos. Las calles parecen recién estrenadas, la lluvia ya ha cesado. ¿Dónde estará el yo viejo? No dejo de pensar en él -el maldito antes y su dulzor rancio-.
BASTA. Me prometo “Si parás de moquear, vamos a tomar un chocolate con churros”. Esquivo las baldosas flojas. Por el suelo hay fragmentos de muñeca. Las esquinas huelen a fritura y a cacao enajenado, y siento una nostalgia rara. Pronto otra se despertará sin mí.

Sin palabras

Apártese, hágame un lugarcito. Yo sé que el infierno no es el mejor sitio para refugiarse de la lluvia, pero no vengo aquí por vicio sino por falta de imaginación.
Hoy no voy a hablarle de amores perrunos. Tampoco encontrará en este espacio versos lascivos o personajes que se devoren el cuerpo y la soledad. No. Hoy llueve a baldes y las palabras están como locas saltando charcos; se divierten con gerundios impresentables, adjetivos a mansalva y faltas de ortografía. Son unas desfachatadas, si viera cómo juegan bajo la lluvia -se retuercen, cantan, se desnudan, se revuelcan, gritan-. Y me dieron instrucciones precisas: si preguntan por ellas debo realizar un gesto obsceno que no voy a reproducir por decencia (no insista).
El caso es que nos hemos quedado solos. Estas no volverán a tristear de la manera en que solían hacerlo. Y ahora hasta se cag.. en los amores no correspondidos, fíjese qué descaro. Y en el pasado también. Pero no se preocupe… ya parará la lluvia y ahí las quiero ver a estas palabras, el viernes que viene: cansadas y mansitas, las quiero ver…

Final

Foto Nicholas Hendrickx
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Otra
estación sin vos.
Te busco bajo las sábanas.
Un fantasma caduco se burla de mí.
Tu cara disuelta ya no es la misma.
El incipiente frío
te sorprende en la humedad de otra piel.

Estoy cansada de las tardes que no vuelven.
Transita mis venas una sangre enfurecida.
Hoy regalo recuerdos: usados, bien cuidados.
Tengo una habitación llena de caricias obsoletas,
de éxtasis nocturnos e hijos no nacidos.

Ya no soporto este dolor en los párpados.
Son espinas bellísimas, días malditos
que te extrañan y muerden el reloj.
Necesito escapar y t
engo un pálpito:
sospecho que estas cosquillas,
curiosidad de otro cuerpo,
son una puerta,
y no volveré
a tu espanto
nunca
más
.

Rendija

La mujer está aterrada, ha descubierto que está rota. Sus entrañas se hallan cerca del mundo y eso es difícil de soportar. A ella le gustaría tener uñas entre las piernas para defenderse, mas la violencia de su sangre es inerme.
Fantasea con ser una espía de sí misma y esconderse en su propio cuerpo, indagar la belleza muda de quienes la acompañan en la cama y el sueño. Pero es torpe y la acomete un ataque de hipo cada vez que pretende pasar inadvertida. Sin querer, su semblante avisa de éxtasis y desolaciones.
A veces el orgasmo se la lleva a pasear un rato, la arranca de sí. Luego regresa a su piel -satisfecha, luminosa- y siente como si un frío se colara por las ventanas. Observa alrededor: está todo cerrado y él duerme ceñido a su talle. Se descubre viva en ese escalofrío. Y como quien reza a un Dios sordo, comprende el para qué.

Conversación robada

Están sentados a la mesa de un bar. Con la cara luminosa, él murmura
“¿Te dije cuánto me gustás? Siento que sos una persona maravillosa. Desde que te encontré ocupás un sitio importante en mi cabeza. ¿Existís de verdad o sos una fantasía mía? Que no te conozco tanto, decís. Es cierto, sin embargo no me hace falta. Te he espiado estos meses…tu día a día. Sé todo sobre vos. Además tu piel fue un descubrimiento hermoso: tu forma de abrazar, tu perfume. No te rías, de verdad. Algo tuyo me hace bien. Es una lástima que quiera a otra persona”.
Ella baja la vista, se busca en el reflejo del vaso.

Piedra libre

Foto Nicholas Hendrickx
Cuando me di cuenta de lo que pasaba tuve miedo. Todos sentenciaron “está loca” amparados en sus cárceles de cemento. Engrosaron los barrotes, cerraron las ventanas y desaparecieron. Afuera quedamos mis recuerdos y yo como perros bajo la tormenta.
Acostumbrada a la soledad, caminé hasta la estación. Una risa antigua me creció desde los pies, burlándose del dolor. Las carcajadas retumbaban en la ciudad desierta. Me subí al primer tren que pasó y busqué la ventanilla. A través del cristal sucio contemplé mil formas, edades, colores. Un vértigo de casas humildes, revoltijo de coches, chatarreros, animales heridos, ríos secos. A medida que me alejaba se hacía de noche. Tuve un presentimiento y me bajé en un descampado. Oí ruidos. Tras un matorral pretérito, una nena jugaba a las escondidas.

Desde que hallé mis ocho años juego a vivir: aunque me descubran, aunque a veces pierda.

Origen

Llegó a su casa y colgó el abrigo. Se quitó la corbata y los zapatos. Comenzó a desnudarse: primero la camisa, los pantalones, la ropa interior. Se rasuró el cabello y la barba. Afeitó con cuidado el pelo del pubis y del pecho. Se arrancó las uñas, luego la piel y los dientes. Los órganos se desprendían con facilidad de la carne, excepto los pulmones que debió forzarlos. De haber tenido boca se habría bebido su sangre porque tenía sed. Sólo le quedaban los ojos y las manos, que como títeres colgaban de la gran mancha púrpura. Colocó las tripas a un costado y se observó ya sin cuerpo en el espejo del cuarto. Esa noche se acurrucó en la cama y, después de flotar en un líquido baboso, nació.

Animal de ciudad

Foto Robert Gligorov
“Las palomas son asquerosas” masculló mientras cruzaba la plaza. Tenía la boca helada de tanto beso ausente. En los pies, los zapatos gastados se hacían tétrica compañía. “Mi vida es una mierda”, volvió a proferir para sí, como si la piel fuese un confesionario. Se sentó en un banco. Alrededor había botellas rotas y alguna que otra mancha de orín. Sintió asco. “Me iría de aquí”, amenazó a la noche en voz alta. Pero nada pasaba. Alrededor las luces hediondas se reían de él. Sabía que le quedaba poco tiempo, tal vez menos del que suponía. Pero la sangre se le había impregnado con el perfume de aquella mujer y no había dios que le quitara la soledad de encima. Su traje estaba gris y se recostó acurrucando las piernas contra el pecho dolido. “Mañana será otro día”, se mintió. Y una vez dormido, de su cuerpo le brotaron dos alas mugrientas.

Gastroanatomía

Hay besos crudos.
Una piel entibia mi sombra.
Estamos solos.
Por fin.
Mi sangre se desviste.
Tu boca mastica el perfume.
Ella sabe de deleites.
Saborea mi nostalgia
hasta estallar en lo oscuro.
Mis ojos te muerden.
Tu suavidad es mía.
Esta noche hay
una falsa muerte
que espera entre las sábanas.
Me dejo ir.
Mis manos tienen sabor a vos.
Y al despellejar el milagro
la tristeza bufa.

Migración

Foto Dave McKean
Estas palabras rojas lamen tus ojos, mi sangre busca la cadencia de tus venas. Sin embargo casi he dejado de existir, de la que fui no queda más que este desgarro. Dentro de mí hay una torpe inquilina; mi esencia es un criadero de polillas y los recuerdos huyen para no ser engullidos.
¿Cómo decirte que tu voz aún me falta cada tarde, que la distancia a tu piel me resulta insoportable y la noche tiene tu nuca? Este mensaje absurdo no encontrará jamás la textura de tu cuerpo. Sobre el papel mis dedos gritan buscando tu temperatura.
Ahora un perro rabioso me devora las entrañas. El animal mastica esta hermosura negra, una belleza podrida que es ahora de nadie. Mientras se disuelve mi memoria, el vacío me besa con tu boca. Luego los insectos voraces podrán migrar hacia otros muertos.

Círculos

El día en que esa mujer entró al consultorio se acabó todo. Mi esposa era una excusa para no acercarme a su oído y susurrarle “algo tuyo me vuelve loco”.
Foto Chema Madoz
No me atreví a tanto y esa noche regresé a casa con un cansancio extraño. En mi cabeza se representaba la imagen de su vestido, la música de sus pies deslizándose por el suelo de madera. Y la imaginé desnuda hasta agotar los modos de poseerla.
En casa esperaba Laura como todos los días. Apenas me recibió supe que había tenido un mal día. Los niños gritaban en la habitación contigua y percibí que era el momento de entrar, acariciarles el pelo y tranquilizar esos juegos salvajes. Así lo hice. Atravesé el pasillo mientras Laura relataba su jornada cual cronista que comenta la jugada decisiva, el momento culminante en el que el delantero trastabilla y asume la derrota de todo el equipo. Monologaba mientras recogía ropa. Me sentí aliviado de que no reparara en mí.
Mientras veía jugar a mis hijos sentí bronca. Maldito alarido íntimo. Quise volver a vivir con naturalidad la indiferencia de Laura y contemplar el paso del tiempo sin sobresaltos. Ya había comprendido que eso no era posible cuando Laura se insinuó semidesnuda y se recostó a mi lado. Yo quería dormirme, sentía la sangre amarga y lenta. Puso su mano en mi vientre, me acarició el pecho, acercó su boca a la mía hasta que anuncié “Mañana me voy”. “¿Más trabajo fuera?” me preguntó en un tono rutinario, pero con una inusual fortaleza respondí: “No. Ya no vuelvo”. Me miró con horror. Hubo un silencio largo y a la mañana siguiente cumplí mi promesa.
Llegué al trabajo algo confuso. Esa misma tarde atravesó la puerta del consultorio la mujer del día anterior. Estaba visiblemente triste. Me acerqué despacio, me animé a colocar mi mano sobre su hombro y entonces me lo confesó: su marido se había ido de casa. Tomamos un café y le pregunté su nombre. “Laura es un bonito nombre” proferí, mientras su piel resplandecía bajo la blusa.

Ojales


Quiero escribirte y encuentro pezones.
Botones desactivados.
Botones desabrochados.
Botones que arrastran
maletas y recuerdos.

Hay avenidas que palpitan,
venas que gritan incrustadas en mi carne,
mientras escucho que te vas
hacia otra vida, otra ciudad y otra mujer.

Esta tristeza se reinventa en círculo.
Construyo ventanas
por las que arrojarme al mundo
para acabar con el propio de una vez.
No lo consigo.

Me faltará tu piel
en cada cama que halle desnuda.
Nada habrá cambiado en realidad.
Seguiré deseando tenerte cerca.
Maldeciré esta dulzura horrible
que mastica mis horas.

Pezones desabrochados
en mi cuerpo,
botones de costurera manca.
Y al fin encuentro las palabras:
Adiós. Buen viaje.
Ojalá exista un cielo
para esas tardes juntos.

Juguete muerto


Foto Rodrigo Adonis
Ese día empecé a sospecharlo. Un beso profiláctico me había despertado. Era ella. Su lengua de plástico recorrió mi cuello. Un estremecimiento de nylon y un “buenos días” me devolvieron a este mundo. Me miré las manos impecables, las uñas siempre cortadas con exactitud cirujana; sentí la mirada inalterable, la boca seca. “¿Qué hora es?” le pregunté somnoliento, “Demasiado tarde” balbuceó y se recostó a mi lado. Permanecimos inmóviles viendo el reloj y descubrimos que estábamos hechos del mismo material. “¿Funcionas aún?” dije, rompiendo el silencio. “Creo que sí ¿Quieres probarme?” y nos enredamos en esa comprobación. En su pecho algo quería estallar. Un Tic-Tac ensordecedor me temblaba a mí también. Su mirada vidriosa estaba a punto de romperse, su figura se contorsionaba sin espasmos bajo mi cuerpo. “Siento que ya no”, sentencié. Ella se puso triste. Encendí un cigarrillo. Nos miramos con miedo. Me abrazó. Antes de cerrar la puerta, dejó en las sábanas su perfume de muñeca nueva. Fui hasta el espejo y ahí la vi. En mi frente podía leerse la maldita fecha de caducidad.

El vuelo

Foto Nicholas Hendrickx
Me acaricia. Una suavidad exquisita desata mi piel. Me refugio allí, mi boca se agita. Las palabras callan, al fin se callan. Sólo se escucha un rugido de tripas sobre la cama deshecha. El dolor viaja hacia un continente que no existe, lleva su maleta cargada de domingos. Me pierdo en su perfume. Dejo que me invada, que mastique mi soledad hasta desnudarme entera. El deseo me estruja de dientes el alma y la risa rebota contra las paredes quietas. Mis manos juegan sobre su espalda y descubro a esa mujer que no ha muerto. El sudor tiñe de sábanas la espera; se escuchan sonidos guturales que festejan el cuerpo. Mientras tanto, afuera la sombra deviene silencio. Aquí mi boca recorre esta dulzura nueva, acepta gozosa la invitación al otro. Sus brazos comprimen mis miedos; una nariz aspira mi nuca y se abre paso por mi pelo. Esta penumbra está llena de caricias: no sé de dónde vienen, desfilan en secreto por mi cuerpo. Un ahora pequeñito combate con la lengua los cadáveres del tiempo. Sin querer, me quedo dormida y amanece. Un barrilete rojo me sueña dentro.

Evocación del otro

Hoy hace un año que murió mi yo. Era uno pequeñito que llevaba en la sangre. A menudo lo extraño, aunque reconozco que andar sin mí me produce cierto alivio. Es contradictorio. Será que en el fondo no puedo acostumbrarme a una piel que se ha exiliado de sí misma.
Sé que hay gente que exhibe su vacío con orgullo, que ha dejado su yo pasado atrás. Pero en mi caso siento nostalgia de la risa antigua, del sabor de mi casa, de las luces estalladas por la lluvia y los domingos en que otros ojos, ya no estos, miraban el mundo sin pesadillas.
Era un yo algo atropellado, celoso e impredecible, pero sabía volar con todo el cuerpo. A veces me pregunto si encontraré otro parecido. No es que el que me habita ahora me parezca despreciable, lo que ocurre es que el otro había compartido conmigo los juegos de la infancia y echo en falta sus aromas. Era un yo más gozoso que se estremecía con facilidad; este es sensato y lo calcula todo, como un gran matemático de las caricias.
Hoy me he despertado añorando al yo que se desnudaba sin hacer preguntas. El mismo que esa última tarde apretó los dientes y te dejó ir.

Delicatessen

Querido blogvidente, hoy en las musas llevaremos a cabo una receta muy especial, a pedido del exigente público que nos visita. Tome nota porque en esta ocasión necesitaremos:
Foto Brian Walker
* Años de vida junto a alguien.... algunos
* Bol……………………….................. uno
* Huevos……………….................... un par
* Leche de buena calidad.... 1L buena leche
* Entereza………………………....... una pizca
* Amante......…………………......… uno/a

Comience por poner todos los años en el bol: vaya agregando de a poco los viajes compartidos, amigos en común, divertidas tardes y charlas apasionadas en la intimidad. Ponga el par de huevos (y si no le quedan: ovarios, que para el caso es lo mismo). Deshaga todo muy bien para que no se le hagan grumos (no se confíe, que el amor es duro de roer), hasta que quede bien negado. Una vez mezclado (su olfato le dirá que ha valido la pena lo vivido, mas no se asuste), es el momento de volcar la (buena) leche: pero en el suelo, no en el preparado! Y cuidado con esto último que es un detalle muy importante.
Ha llegado el momento de buscar la ayuda de un amante (trate de que sea de buena calidad, en lo posible). Embadurne con excremento de perro un molde, el más feo y sucio que encuentre (si tiene alguna cucaracha mucho mejor, que tenga sustancia). Vuelque el preparado de recuerdos en él con ayuda de su colaborador/a. Este es el momento más difícil, ahora necesitará la entereza. Introduzca el molde en el horno. Que su ayudante tienda el mantel (o las sábanas). Una vez haya pasado tres horas a máxima temperatura, saque el (ya asqueroso) preparado, resérvese una parte y tírelo a la basura, sintiendo con placer cómo le sube la náusea a la garganta. Después de haber probado el primero: le aseguro que cualquier vida que tenga le parecerá el paraíso. Y agradecerá el olvido.

Amores difíciles

Estaba harto y no te dabas cuenta. Corría tras la bola todo el día como un miserable. “Qué hermoso que está Panchito ¿qué alimento balanceado le das? A ver si una tarde de estas lo cruzamos con mi pekinés”. Guácala. Profundo asco me dabas regodeándote con las palabras de la vieja del quinto. Yo meaba su alfombra cada vez que se daba la oportunidad, acaso ¿qué otro poder de venganza me ha sido otorgado más que esa necesidad fisiológica? “No pasa nada, ya lo limpio yo”. Y te morías de vergüenza, pero sabías que hubiese hecho cualquier cosa con tal de no rozarle la correa a esa perra espantosa.
Nunca pensaste en mí. Qué culpa tengo yo de haberme enamorado de la veterinaria. Y no me repitas que no era de mi especie ¿qué más da? Acaso ese fantoche que te frecuentaba y que parecía de la tuya, ¿lo era? Y si lo era, ¿por qué llorabas así el otro día en el salón? Y yo fui a consolarte, te llevé esa bolita ridícula que tanto te gusta y te lamí la mano por compasión, sólo por compasión.
No puedo olvidar aquella tarde horrible. El olor a desinfectante, esa sala fría donde estaba ella esperándome con el bisturí. Enseguida olí el vestido que se dejaba entrever debajo de la bata y me excité. Tuve un presentimiento extraño. Estaba preciosa y sus dedos se acercaron a mí, me dejé acariciar. Hasta que te enumeró las ventajas “…reduce las montas no deseadas, el marcaje incontrolado con orina y la agresividad frente a otros perros”. Entonces pensé clavarle los dientes, hacer sangrar sus manos de muñeca infame, pisotearla, huir. Pero cual idiota, digno de tu especie, permanecí subyugado mientras el filo se ahondaba en mi descendencia para siempre.

Invención

Foto Petrina Hicks
Cierro los ojos, me retuerzo en lo negro.
Soy prisión de mí.
El recuerdo de tus uñas
despedaza mi espalda.
Tengo cuatro mil mañanas por olvidar
y pronto he de quedar vacía sin tu abrazo.

Mientras tanto
a este cadáver que grita lo llaman pasado.
Yo soy solo su voz quejumbrosa,
sin tu respiración me duele hasta el espanto.

Hoy me extirparía la piel.
Borraría tu perfume de mi sexo;
limpiaría la sangre que te nombra,
despellejando cada palabra viva
boca a boca.

Y cuando no quedara nada de tu rastro insolente,
cuando tu risa fuera similar a otros cientos
y no tuviera que arrancarme los ojos
por no verte:
te inventaría dormido, con esa niñez antigua,
casi idéntico.

Éxtasis

He muerto dos veces, ha ocurrido sin querer. Recuerdo que apagué la luz y te besé despacio. Transité tu piel, me bebí tu cuerpo crudo. Estaba desnuda y tenía miedo. La sangre se amotinó, me nacieron pájaros de los pies y ocurrió lo esperado: la vida fue ese gato ciego que gimió en la ventana.
Un momento después, todo fue silencio. Dibujé con la lengua un adiós bajo las sábanas. Me despedí sin manos, sin pañuelos ni lágrimas. Cerré los ojos cerca de tu risa húmeda. Era un “hasta luego”, pero no sé qué viento infame me empujó a saltar lejos. Amanecí en esta cama y no ha habido noche desde entonces sin tu boca, nunca más.

Pesadilla de un gótico

Desde el momento en que la conocí se apoderó de mí esa ingenua epidemia: comencé a soñar con hijos y una casa con jardín.
No crean que emocionarme con las canciones de moda significara motivo de gracia alguno, el hecho había llegado a preocuparme. Me percaté de que, poco a poco, la situación se agravaba. Hasta conseguí escribir la palabra “crepúsculo” sin que ello me produjera rechazo.
Los domingos a la tarde me daba por recitar poesía. Almorzaba con líneas de Antonio Machado en la boca. Los versos del capitán de Neruda me acosaban los días de lluvia. Al lavarme los dientes, me brotaba un Romancero Gitano del estómago. Solía encontrar a los poetas de Portugal de Gelman, desparramados en mi cama con una naturalidad indignante.
De pronto, bailar con la ropa tendida se había convertido en una experiencia semanal. Las camisas flameaban entre giros y se liberaban de sus broches de madera, hasta yacer revolcadas por el suelo. Mis vecinos estaban turbados. La señora del perro raro tironeaba la correa con nerviosismo por creerme un espécimen peligroso.
No había duda, me había convertido en un ser enamorado con seria propensión a los adornos de cristal y a las flores de plástico. Empezaban a dibujarse en mi mente corazones y toda suerte de elementos primaverales.
Sin embargo, yo había sido precavido. En ese caso, les había dejado a mis amigos claras instrucciones de envenenamiento. Por eso, cuando Eleonora se acercó con la taza de té no tuve dudas. Lo que no supuse es que se la bebería ella misma, después de confesarme entre sollozos que era demasiado tarde, que ya me amaba.

Revelación

Foto Miguel Oriola
En el sueño que tuve me precipitaba al vacío. He amanecido sobre un colchón blanco con algunos moretones.
¿Dónde estuve? No lo sé, pero viajé toda la noche y me siento agotada. A mi lado una sombra me da los buenos días, yo que creía que la había dejado. “Qué incómoda es tu maleta” me susurra en tono de burla, al oído. Escapo de su lado.
Hoy tengo gusto a fantasma en la boca y en el espejo mis propios dientes se ríen de mí por considerarme inofensiva.
En el café con leche leo las noticias del día. ¿Es posible leer el líquido y beberse el periódico? No lo tengo claro, sin embargo ahora mismo ese es un detalle sin importancia.
Afuera el mundo se desmorona con dignidad grisácea. Hay voces que discuten, pájaros que emiten gritos desde sus jaulas de óxido y perros rebeldes atropellados por coches. A través de las ventanas las calles son estrechas y dan la sensación de ser meros pasillos.
He venido hasta aquí para que alguien me revele a qué especie pertenezco. Pero esta mañana de domingo el timbre está mudo, así que dejaré la ventana abierta por si ocurriese algún milagro antes del salto final.

Musaraña

Cuando me despierta este aullido, saboreo el infierno. El vacío me despedaza el cuerpo.
Todavía me parece una invención tu ausencia. Reconozco la sombra que impregna las paredes y siento una piel ajena que me pesa sobre los huesos. Me tropiezo con tu voz mientras tu nariz estornuda en la sala. Compruebo también que te has olvidado la risa en un cajón. Encuentro tus pies al ponerme los zapatos. Me muerdo tus uñas con tus dientes y me pregunto cómo diablos te arranco de mí.
La receta del olvido es a veces amarga. Al hacer el amor, se me escapan gemidos de tus entrañas negras. Desayuno con fantasmas y los beso con tu boca. Aunque no te nombre jamás, te convido mate y me duelen tus muelas, mientras el noticiero de las siete exhibe los lugares dónde no estás.
Pero hoy, querido espectro, he venido a despedirme. La casa donde nos amamos quedará sin mi ropa, se desnudará de mí. Lentamente, también se vaciará la que fue nuestra cama. Y por fin, no sin tristeza, habré sacrificado al animal acorralado que me sangra.

Fuga

 
Foto Nicholas Hendrickx
Se fue sin maletas. Huyó de ella como del infierno, ya no volvería. Llevaba a cuestas una soledad lastimosa. Se sabía su piel a la perfección, la conocía más que a la propia. Más de cuatro mil quinientas noches abrazando su cuerpo en la oscuridad del cuarto. Había probado sus lágrimas, se había bebido su sangre dulce a pequeños sorbos. Ya sólo quedaba masticar con desidia los días junto a ella, y se negó a eso. Sus besos se le habían clavado como agujas en la boca. La extrañaba hasta con los dientes. Las piernas se resistían a caminar con más velocidad, a alejarse de la voz que lo había renacido de tantas derrotas. El pecho se le rebelaba también con cada paso; sentía un sopor extraño, como si un golpe lo castigara por dentro. Era la primera vez que ella no lo acompañaba en su huída. Le dolía irse así, pero lo invadió el terror. Una maldita certeza lo había atormentado: pronto dejarían de amarse. Y de ocurrir aquello, no sabría vivir sin llevarla dentro.

Osadía


Si hoy por fin decidís
llegar, verme, abrazar, calmarme,
sentir, besar, morderme, arrasarme:
tendré que rescatarte de esa pena que te ronda;
acariciarte con cadencia y nacer en tu boca.

No hay más remedio. Como extraño homenaje,
pronto el ladrido de los perros
devorará salvaje nuestra sangre.
Y aunque el dolor espere fuera,
que los orgasmos vagabundos
hoy nos vean partir y se conmuevan.
Que tu piel me tiemble hasta estallar,
aunque cumpla su amenaza ese olvido que te nombra.

Porque si es verdad,
si las entrañas amadas se extinguen dolorosas:
gozados por lo muerto, alegres como críos,
no habremos sido sólo carne o sombra.

Autoconsumo y reciclaje

La narradora de esta historia no recuerda si lo leyó o se lo contaron. En una escuela, en medio de la clase, un maestro les mostró dos fotografías a sus alumnos. La primera era de un hombre negro. En la segunda se veía a un hombre de piel blanca y mirada angelical. Les explicó que uno de ellos era un asesino genocida y el otro un defensor de los derechos humanos. A continuación, el docente los animó a que adivinaran cuál era cuál. La mayoría, sin dudarlo, señaló al hombre negro como el asesino. El primero era Martin Luther King. El otro, Alfredo Astiz.
Nuestra mirada nos traiciona. Como esclavos de la desinformación, nos llenamos de prejuicios falsos, nos vaciamos de sentido. Somos objetos, humillados por una maquinaria que nos dicta qué es el "bienestar". Sin embargo algo no funciona. La plenitud debe ser otra cosa, sopesamos mientras el verdugo se acerca a vendérnosla en cuotas. El sistema sigue exterminado a los que le sobran y persiguiendo a quienes no se resignan a dejar de ser personas.
Por eso existe una palabra terrorista por excelencia: conciencia. Y tienen razón, atenta contra los intereses de los productores de miseria. Es peligrosa para quienes nos invitan a consumir-nos, calladitos, no vaya a ser que molestemos al horror.

Naturaleza


Foto Helmut Newton
Nadie me había advertido para qué usabas los dientes cuando no te reías. Debí haberme dado cuenta la última vez que le pediste al dentista que te los afilara.
Ese último día te habías despertado especialmente de mal humor. “¿Querés un mate?” Te convidé sin obtener respuesta alguna. Recuerdo que te bañaste en el río como era habitual, te secaste al sol y luego te perdiste en la selva húmeda. Tu semblante relucía de forma especial, no pensé que fuera por el deseo que te invadía.
Siempre sentiste devoción por la belleza extraña, de hecho yo pertenecía a esa especie. Sin embargo te habías hartado de mí sin decir una palabra. Los mismos ojos pardos de todos los días, la misma piel y temas de siempre, y quizá idéntica soledad. Habrás sentido que era hora de mudar de aires. Qué mejor que reverdecer las escamas con una caricia distinta, en el fondo era lógico que buscaras una amante.

Y si bien nunca me cansó tu mirada negra, entendí que tuvieras que irte, amado cocodrilo. Pero no hacía falta que me devoraras antes.

Proximidad

Estar desnuda frente a vos debajo de este vestido, no me incomoda.
¿Te reís?
Tu risa es un perfume indeleble que yo extraigo con los ojos.
Podría alimentarme de ella ocho o nueve días a la semana,
veintisiete horas por jornada, si fuera necesario.

No me mires así.
Te voy a morder el alma despacito hasta que abras.
Hay cerraduras enormes por todas partes,
rejas que separan tus manos del mundo.

Pero estoy del otro lado, y te espero.
Hay algo tuyo que arde en mí.
Un alarido prodigioso.
Un sudor exquisito.
Un beso húmedo.
Una noche
naciendo
juntos,
a punto
de ser
milagro
otra
vez
.

Mala memoria


Foto Gilles de Beauchene
Me despierta mi propio latido, me va a explotar el pecho. Cada golpe me hace temblar e imagino la sangre distribuyéndose por ese micro cosmos. Pienso en liberarla de una vez.
Cuando retornan esas ideas suicidas releo cartas que aún no fueron escritas. Tal vez no sea la hora de enviarlas, todavía no. Me convenzo de que algo será mejor por la tarde, o quizá en el fondo me dé curiosidad el que todo siga sin mí.
Descubro cómo huye el tiempo en el tic tac de la habitación. El pecho engaña de latidos, por eso nadie advierte que ya no me encuentro aquí.
Afuera hay movimiento, las parejas se besan para multiplicar el mundo. Yo prefiero esta soledad poblada de deseo, elijo imaginarme lo vital. Y sonrío dolorido, rompo fotos, omito besos.
Mis días son pequeños teatros sin espectadores; la función de decadencia es magistral, los fantasmas aplauden hasta que les duelen las manos.
Aún es temprano. Apoyo la cabeza sobre la almohada pero no consigo dormir. En mi cuerpo las emociones se devoran unas a otras como peces hambrientos.
El amor yace a mis pies cual perro abandonado y siento frío; me abrigo el alma por si esta existiera. En el fondo estoy harto de la tristeza, de abrazar sin brazos tu ausencia. Pero esta tarde todo irá mejor, de hoy no pasa que recuerde olvidarte.

Réquiem


Foto Nicholas Hendrickx
Rememoro una y otra vez el día en que le enseñé a volar. Para qué semejante voluntad, si ella no tenía con qué remontarse. Pero era cabeza dura y lo consiguió. Aún sin elementos, vio la tierra desde arriba unos segundos, aunque luego se precipitara de un porrazo. Revolcada en el barro, todavía sonreía y movía las antenas con ese encanto tan pelirrojo. Después me abrazó con sus seis patas en una especie de ritual entusiasta.
Me viene a la mente el momento en que la vi por primera vez; estaba cargando esa hoja descomunal sobre su cuerpecito. La imagen me pareció tan grotesca que me precipité desde la altura y la contemplé oculto en un escondrijo. Después de luchar mucho tiempo, ya exhausta, la dejó sobre el suelo. Nadie venía en su auxilio y parecía habitar la desolación, tenía en la cara ese resplandor que da cuando se tiene ante los ojos un sueño muerto. Y de eso yo sabía mucho, así que salí para ayudarla. Cogí la hoja con mis patas delanteras y, valiéndome de mis alas, la acompañé hasta el hormiguero. Fue a partir de allí que su aroma me transformó en un ser débil, embrujado.
En el fondo sabía que lo nuestro ostentaba un futuro imposible. Ella tenía una familia tan organizada que me sentía acomplejado. Yo estaba solo y era un completo desastre, dormía donde me daba la noche y comía cuando podía, por lo que nos veíamos a escondidas de sus hermanos.

Todo ese tiempo la amé con una intensidad inconsciente, incluso olvidándome de quién era. Creo que ella también me adoraba, aunque esa maldita tarde en la que subió el río prefiriera seguir siendo una hormiga.

Antes

Foto Kerry Skarbakka
Necesito
probar tu piel..
Dormir con vos....
Hallar tus manjares.
Bailar sin disfraces….
Desayunar latidos….….
…....Encenderme cerca.
……..Resucitar perfumes.
..…….Nutrirme de calma.
………..Sentir hermosura.
...…………Jugar al placer.
...……Destripar espanto.
….. Lamer tus susurros.
…….Morder el tiempo.
…Saborear palabras.
Masticar tu abrazo.
Reírme del olvido.
Y recién después,
sólo después,
seguir este
viaje
t r a n s f o r m a d a e n n a d a

.
.
.

Ética

Solemos envenenar el agua. Ponemos de moda cadenas e instrumentos de tortura sobre las pasarelas y a algunas mujeres vendadas para que se acostumbren a ser objetos. Cenamos mirando autopsias y toda clase de destripamientos. Nos deleitan los noticieros donde haya suicidios en directo y coleccionamos fotos de todas las masacres. Vendemos niños, o los alquilamos por un módico precio. Creamos depósitos de viejos. Explotamos esclavos que ya no se llaman así, ahora son inmigrantes ilegales. Mercantilizamos órganos y experimentamos químicos novedosos con animales y personas sin recursos. Detenemos ciertas investigaciones para poder comercializar nuestros medicamentos. Desarrollamos antenas que provocan enfermedades mortales. La naturaleza nos aburre, por lo que edificamos armatostes de cemento en las costas y pistas de esquí que conviertan en rentable cualquier cima. Cercamos lagos y nos apropiamos de latifundios prometedores. Desollamos toda clase de especies, embalsamamos pájaros, colgamos trofeos de caza. Somos honestos padres de familia, amables vecinos con atuendo impecable y poco tiempo, por eso nadie sospecharía de nosotros.

*
El afiche reza: "No trates a los demás como no quieres que te traten a ti".
Texto del link (Título) : "La ética del cuidado de uno mismo como práctica de libertad". Entrevista a Michel Foucault, 1984.

Carta improbable

Las lágrimas se suicidan con cadencia cuando revivo a ese crío que me mira con tus ojos. Mi vientre está virgen de hijos y, sin embargo, ha parido en sueños muchas veces. La realidad no quiso despertarlos, es la fantasía porfiada la que no perdona.
Hace bastante que el cuerpo me pide ese acto temerario; y si bien el deseo se ha oxidado en un mar de incongruencia, porque ya no estás, de cuando en cuando la ensoñación me vuelve como una especie de virus mal curado o de implacable nube de mosquitos.
Y el enano se para frente a mí. Yo parpadeo una vez y él parpadea. Lo hago varias veces y él lo repite con gesto cómplice. No he escuchado su voz, pero sé que hay un cuestionamiento tácito en su espera, un “Cuándo me vas a hacer real”, al que no tengo respuesta. O sí, “Es cada vez más probable que eso ocurra nunca”.
Hacía tiempo que esa fantasía no tenía tu mirada negra y tus dudas. Era una especie de hijo de nadie, que se instalaba en cualquier pequeño de los que curiosean a través de las ventanas. “Pero hoy ha vuelto” pienso en voz baja para no llamarte, porque no sé cómo te las arreglás, pero algo de mis pensamientos te alerta y aparecés en el silencio de la tarde, con cualquier excusa, derribando esta puerta a ningún lugar.

Disfraz

A lo lejos, la comparsa.

¿Quién se atreve a desvestirme debajo de la máscara?
¿Quién descubre mi ausencia en esta multitud?
¿Quién asesina la mirada del que amo?
¿Quién tiene una cama roja para mi dolor?

Desfila la comparsa.

Mi vientre se desmigaja
y me nacen hijos que parecen letras.
Hoy ando disfrazada de mí.
Reina en el aire una alegría extraña,
mientras circulan maquillados
los besos difuntos.

Se va la comparsa.

Hay silencio de musas traidoras.
Y en los días desnudos,
tu olvido aún me sangra.
 

Extraña dolencia

Foto Christophe Gilbert
Antes de ser olvido fue que me ocurrió esto terrible. Iba como cada mañana a la panadería y un vecino me alertó "Señor, se le ha caído algo". Yo volví presuroso sobre mis pasos y recogí esa cosa. La levanté del suelo con delicadeza, la limpié y me la guardé en el bolsillo del saco sin saber qué era.
Pero no sé cómo se me coló dentro y mi piel fue tomando un tono inquietante. Era como un resplandor rojo que, cuando se escapaba de mi cuerpo, teñía todos los rincones de mi casa. De pronto me sentía una persona feliz, producto de ese extraño mal.
No había una sola foto donde no se viera esa transformación. Mis ojos marrones se volvieron colorados, hasta la boca y los dientes se me fueron manchando.
Los niños me tenían miedo. "Ahí viene el loco rojo!" gritaban y de vez en cuando volaba algún piedrazo en mi dirección.
En ningún hospital pudieron determinar cuál era mi afección. Mis síntomas eran sobre todo nocturnos: padecía de sueños libertarios y varias veces estuve a punto de morir por alguno. Pero al no tratarse de bacterias o virus, me mandaban de vuelta sin diagnóstico. Según los doctores, morirse en sueños no era peligroso y ninguna enfermedad provocaba ese bienestar tortuoso.
Hasta que un día se acabó el tiempo de la cuarentena. En vez de soñar con revoluciones comencé a desear un par de pantuflas o una alfombra nueva. De inmediato volví a mi color habitual y la gente dejó de asustarse. Me sanó la tristeza de ser uno más.

Siga participando

A sus casi cuarenta años descubrió el secreto. No había dios que le quitara la satisfacción. Era feliz porque alguien la cuidaba. Por primera vez en su vida estaban pendientes de ella y la arropaban, le brindaban ungüentos curativos y recetas de abuela. Y en las tardes de lluvia sonaba su teléfono, mientras las calles se llenaban de paraguas. Había cartas apasionadas disputándose sitio en su buzón, junto a las cuentas de luz y gas.
Y los domingos dejaron de ser insufribles para hacerse cortos, demasiado breves para tanta mantita y cine improvisado, para un horno que producía bizcocho de naranja y chocolate por doquier. Y comenzó a soñar bien abrazada, a encontrar razones para todo. A compartir temores sin miedo.
Hasta que un día al entregarse al placer se quitó la piel. Y se confundió con su amante en tal suerte de menjurje que nadie fue capaz de desenredar.
De tal entramado de tripas llegaron otros ojitos negros a poblar este mundo, acariciaron el lomo de la bestia ancestral hasta despertarla. Y como era de esperar reclamaron la misma oportunidad.
Sólo nosotras tres fuimos capaces de darle la bienvenida al espanto. Se lo avisamos. Lástima que en temas de amor nadie se fíe de unas musas.

Caza


Foto Christophe Gilbert
Te lo había advertido, “no vuelvas”.
Rompiste la puerta hasta sangrarme.
Tu nostalgia anidó en mí.

Ahora tengo un hueco entre los brazos
que exige alimento.

Y adorno mi sexo.
Otro fuego me abraza
y me entrego sin armas.

Por fin.
Ya no seré tu agua
pero tampoco serás mi sed.

Muñeca rusa

Dentro de mí se despereza una mujer. Posee un vientre sin estrenar donde la sangre dibuja caminos. Exhibe una belleza extraña porque tiempo atrás el dolor le desolló la piel. Las uñas se le incrustaron en la soledad hasta sangrar pero, poco a poco, recupera sus pedazos.
Converso con ella en la intimidad y los domingos salimos a que nos dé el sol. Su risa posee una estridencia poderosa y sensual; parece brotarle del pelo, de la cintura, de todas partes.
Esas caderas rojas han amparado el deseo, se han dejado llevar al lugar donde el amor explota de manera imprevisible y sus fluidos son deliciosos.
Acostumbra andar desnuda dentro de mí. Y la gente comenta, pero a ella no le importa. Tiene unos pechos cálidos y una fragilidad de hierro que me ampara del horror.
Cuando permanece callada toco su boca, que es de la medida exacta de la mía. Descubro el santuario secreto donde se atrinchera la humedad. Me revuelco en sus entrañas, festejo ese par de piernas que darán a luz a la humanidad que reste. Despacito, acaricio el silencio y, sin querer, me ocurre el milagro de ser ella.

Deseo


Que sea ahora la ruptura profunda.
Quiero nacer desnuda en la hermosura de tu boca.
Que tu sangre me recuerde y abrace.
Que la piel no mienta aunque la obliguen.
Que halles mis temblores y mi circunferencia.
Que tus brazos, como ramas,
me eleven de esta tierra estéril.

Huyamos del miedo a ser nosotros mismos.
Dejemos que las tripas crujan como bichos.
No hay nada más.
La vanidad devorará esta belleza.
Pronto será demasiado tarde para reconocernos.
Es ahora el momento de romper la puerta
y que el maldito amor nos delate, “son aquellos”.

NO

Elaborás con cuidado tu lista de regalos:
* Para tía Pepa, un consolador insatisfecho.
* Para mamá, simulacros de felicidad.
* Para los hermanos, una humareda de ideas.
* Para el primo, un Jesucristo superstar, de esos nuevos.
* Para los niños, polución de plástico que no lleve pilas (pueden resultar peligrosas).
* Para los amigos, desenfreno etílico que cure heridas; multitud, soledad.

Abandonás el inventario de Noche Buena, te instalás en el sillón. Te preguntás qué será un “mundo ecuánime”, si se comprará por internet.
Mientras tanto, la tele monologa deseándote un feliz consumismo y deuda nueva. Sentís de repente una especie de cansancio, un arrebato. Te descubrís estafado, hoy tenés el cuerpo vacío de abrazos.
Pero ánimo, dos aspirinas y estás como nuevo. Feliz navidad.

No me creas

Foto Marcela Sabbatiello
Desde que siento esta belleza salvaje
el dolor de muelas me resulta inofensivo.
Huelo bien aunque no me duche
y por más de que me esfuerce,
no tengo pelos en la ingle.
Amanezco con las uñas pintadas de rojo
y la soledad me provoca ataques de risa.
Dondequiera que vaya encuentro un asiento vacío,
y las películas están siempre en versión original.
Conquisto todo concurso al que me presento
Y disfruto de la plusvalía en el trabajo,
aunque haya ganado la lotería dos veces
sin siquiera haber jugado.
Soy multiorgásmica
y abandono sin contrición a mis amantes.
Las grasas hidrogenadas no me enferman,
y las tardes de domingo me resultan deliciosas.
El café se mantiene caliente en invierno
y soy deseada por quien quiero.
Pero la mayor ventaja sin duda es que,
desde que ostento este tipo de hermosura,
invento respuestas a ciertas preguntas,
y no tengo que mentirme
porque ya no soy yo.

Génesis

Hoy se suicidó mi sombra. Sin pronunciar palabra oscura, se dejó caer al vacío y explotó en pedazos pequeños.
Ahora camino luminosa entre alambres retorcidos, entre cañerías liberadas de su cárcel de cemento. Los cristales bajo mis pies delatan heridas suaves, y procuro que la sangre acaricie todo a mi paso para saber cómo volver.
Pero te encuentro dormido. Tu respiración perfuma el aire. Mis labios tocan tu cuello tibio y los dedos realizan un ritual marrón en tu pelo. “No tengas miedo” te murmuro al oído, y te tapo con una manta agujereada que ha sobrevivido al estallido.
Hay adioses en el aire buscando dueño. Siento malestar y me acurruco a tu lado, despacito, sin despertarte, para no alterar la belleza de tu cuerpo en reposo.
Cuando abras los ojos verás una mujer capaz de que le crezca el mundo en el vientre negro. No poseo un nombre y no me importa. Desterrada del Edén, ya sin sombra, tengo la medida exacta de tu sueño.

Banquete

Me digo “Abrí la boca, dejate agasajar por el deleite de las fiestas", ahora que iluminan el frío de las calles esas luces con forma de trineo. Fin de año se acerca de manera implacable. En el espejo ya no existe la que era. Ahora hay una extraña que me convida placeres que no entiendo. Sigo odiando los turrones y tengo una soledad parecida a la que siempre he soñado. Soy contradictoria, por eso me callo y mastico las almendras y el merengue endurecido. A mi lado hay un vacío interesante y no puedo evitar contemplarlo.
Hace poco que te conocí, y fue bonito. Nuestros cuerpos jugaron a abrazarse, fue un ritual extraño. Había clowns. Bailamos y tus manos me cuidaron del suelo. Alrededor la gente murmuraba, era como un rezo colectivo. Y mientras esperábamos el comienzo de la función, nos acariciamos la cara. Rodamos por el piso, nos besamos la piel. Nunca nos habíamos visto, era la primera vez que nos atravesaba ese tren luminoso. Dejamos que nos pasara por encima y nos reímos. “¿Qué fue esto?” preguntaste, conociendo la respuesta. “Mimos” susurré yo, mientras sentía que se trataba de mucho más. Sonreíste. Hubo un estruendo. Lo que más aborrecí de haberme despertado fue no pedirte el teléfono, pero de todas formas, pensé, el pijama no lleva bolsillos. Y me conformé con encontrarte por la calle un día de estos.

Nuestra América

Si al saqueo lo llaman conquista.
Si inventan guerras para aniquilarte.
Si te imponen un credo y te humillan.
Si te explotan para enriquecerse.
Si queman tus tierras y te tortura el hambre.
Si las grandes ciudades te ignoran.
Si sus políticas mienten.
Si escasea el trabajo digno.
Si tus hijos en la calle envejecen.
Si no hay mañana en tus manos campesinas.
Si a tus maestros los fusilan.
Si envenenan tus aguas.
Si venden hasta tus uñas:
No te calles,
por más Rey miope que te increpe.

Señales

La vida nace desesperada por habitar el mundo. No se conforma con saber llorar, gatear, con que algún alma piadosa le suene los mocos y le ate los cordones. No. Quiere más. Necesita más. Por eso desarrolla palabras a medida de lo que lleva en la sangre, para poder transmitir sus contradicciones y sus amores terribles; para soportar la lucha entre el sueño y la vigilia con dignidad.
Nada menos que el lenguaje (en todas sus formas) como fusil contra las propias miserias vitales. Y así vamos, desparramando palabras por doquier. Y con ellas se escapan alguna que otra caricia y varios golpes mortales.
Por eso hoy propongo inventar señales a medida. Pintar bicisendas clandestinas en nuestro barrio, inaugurar plazas con algún nombre querido, arrancar los carteles de stop, cambiar el de "no pisar el césped" por el de "prohibido no disfrutar del césped", advertir sobre las rectas aburridas; inventar el de permitido jugar siempre, toda la vida, aunque esta pretenda triturarnos porque, al fin y al cabo, lleva el mandato de morir y sólo está cumpliendo órdenes.

Andén

Foto Robert Gligorov
Entrado en años y canas, ese hombre llora.
Con los labios rojos, la mujer recuerda.
En la estación de tren un joven espera la muerte.
El hombre piensa en aquella piel con lunares.
La mujer aún siente el perfume de su nuca.
El muchacho percibe la vibración del suelo.
Él extraña sus manos sobre la espalda.
A ella le hace falta su abrazo húmedo.
El chico se acerca al borde del andén.
El hombre desea el susurro de su boca tibia.
Ella añora los domingos de lluvia con él.
Pero el hijo que nunca tuvieron toma impulso
y salta
.
En la estación vacía quedan los dos, sin reconocerse,
junto al mismo sueño muerto.

Menos veintiún gramos

¿Somos un cúmulo de uñas? ¿Una montaña de pelo? ¿Un trozo de carne? ¿En qué nos convierte la ausencia de los lugares amados? ¿Quién salvará los besos que dimos, los fluidos nocturnos, los amaneceres de verano en los que yacíamos desnudos? ¿Qué clase de monstruos seremos al olvidar ese perfume? ¿Qué será verdad luego de mentirnos tanto? ¿Sabremos escaparnos de nuestra propia trampa? ¿Seremos capaces de sentirnos vivos entre cadáveres de días? ¿Quién dormirá por nosotros junto al cuerpo amado? ¿Qué sentido tiene la boca sin el deseo de besos? ¿De qué color es esta luz negra que muerde dentro? ¿Se puede abandonar el sabor de una piel? ¿Qué ocurrirá cuando terminen de devorarnos, de consumirnos, de distraernos, de ocupar nuestro tiempo? ¿De qué material estaremos hechos cuando nos convirtamos en todo aquello que odiamos?